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domingo, 31 de agosto de 2025

El paseo de Francia

En los anocheceres tardíos de estos días, un lugar especial es el Paseo de Francia. Sus tilos han florecido y despiden un aroma dulce y balsámico que puede templar los nervios del más excitado. Es inhalación de “tila pura” directa de la flor, sin necesidad de bolsitas ni infusiones.

El Paseo de Francia tiene este nombre desde 1913. Antes era llamado Paseo de la Estación, pero como aquel año se celebraba el centenario del incendio de la ciudad, decidieron que para confraternizar con nuestros vecinos, merecía cambiarse el nombre a este paseo.

Aquel mismo año se inauguraba el primer edificio-villa del paseo, precisamente el de las escuelas francesas. Entonces el paseo ya tenía un arbolado alto y denso que en verano daba frescor y sombra a los paseantes.

Durante la siguiente década se edificaron la mayor parte del resto de edificios, quedando sin ocupar hasta mediados de los años 30 las dos primeras fincas. El último en construirse fue precisamente el Palacio Vastameroli.

Tras la guerra, su propietario, que tenía bastante influencia política en la ciudad, pretendió que se le dejara quitar el arbolado de gran tamaño que había delante de su villa y poner en su lugar tamarices como en el paseo de la Concha. Así la ciudad podría contemplar el noble edificio que había levantado, argumentaba. Pero el Ayuntamiento no cedió y con mucho respeto le dijo que no podían acceder a su pretensión aunque mucho les pesaba.

Actualmente podemos disfrutar del este magnífico arbolado y mucho más en estos días que nos ofrece el perfume de su floración. - Fuente


'Bailarinas', una escultura pública de mármol de tres mujeres bailando y tocando panderetas y castañuelas, del escultor florentino Antonio Frilli (fallecido en 1902), está rodeada de flores en un parque público en la Avenida de Francia, junto al río Urumea en la ciudad de San Sebastián. - Fuente



Bailarinas de Antonio Frilli.

Las fuentes Wallace nacieron en París. Cuentan que fue por iniciativa de un rico benefactor que se gastó un dineral para dotar a París de fuentes de la que estaba muy necesitada tras la nefasta guerra con Prusia que originó la rendición y caída de Napoleón III (1870).
El filántropo Richard Wallace, no sólo pensó en proporcionar fuentes a París, sino que fueran además bonitas y económicas, y vaya que lo consiguió. Así se extendieron por muchas ciudades.
Nuestras fuentes Wallace se compraron a finales del siglo XIX para situarlas en el sombreado Paseo de la Concha. En la actualidad hay tres que están en el Paseo de Francia, ahora sin servicio como fuente pero manteniendo su esplendor ornamental.
Pero antes, las fuentes fueron “fuentes” de verdad, con agua manando y cuenquitos metálicos que colgaban de una cadena para servirla y beberla. Ahora pensamos que es una aberración higiénica poner vasos comunitarios, pero entonces no se consideraba tan importante esta medida. (Hasta hace poco no era infrecuente encontrarse en el monte manantiales con un poto metálico cogido por una cadena. Todavía quedará alguno).
Nuestras elegantes fuentes llevan la firma y fecha de las primeras que se realizaron para París. Su autor fue Charles Lebourg según su diseño de 1872. Fueron realizadas en las fundiciones de Vall d’Osne, de la que hay otras estatuas ornamentales por nuestra ciudad.


 Fuentes Wallace

Como inicio de la Capitalidad europea, permiten recordar aquellos años en los que el puente de Santa Catalina era el principal punto de unión entre la estación y el centro de la ciudad, dando origen a la creación del paseo de Francia.

«El movimiento extraordinario desarrollado en la estación del ferrocarril todas las épocas del año y con especialidad en la temporada de verano, hizo que se aumentaran también de un modo prodigioso los vehículos empleados en los transportes y, como la vía de acceso de la referida estación era estrecha, solía con frecuencia presentar accidentes desagradables, motivo por el que la Compañía del Ferrocarril ensanchó la expresada carretera, pero solo pudo hacer la parte que le correspondía a ella, quedando un trozo en la confluencia de la carretera de Irún a Astigarraga» (Boletín Municipal).

Corría el año 1881 cuando el arquitecto municipal Nemesio Barrio propuso al Ayuntamiento cubrir esta necesidad, construyendo un paseo que sustituyera al incómodo y angosto espolón que desde el puente conducía hasta la estación y que la Compañía no pudo modernizar por ser de propiedad municipal.


La propuesta inicial contemplaba que el nuevo paseo llegara desde Santa Catalina hasta Mundaiz. La Diputación cedió la parte de terreno que le correspondía y la Compañía del Ferrocarril del Norte manifestó estar dispuesta a colaborar pero no a construirlo a su cargo, por lo que la idea «quedó sobre la mesa» debido a que en las arcas municipales no había medios económicos suficientes. Unos años más tarde, en 1899, el alcalde Miguel Altube retomó el asunto gestionando ante la Compañía del Ferrocarril la cesión de la carretera que desde «el cruce del camino a Loyola» (en la carretera Irún-Astigarraga, actual calle Iztueta) llegaba a la estación, pero las condiciones fijadas en la R.O. dictada al efecto resultaron onerosas para el municipio y de nuevo se paralizó el proyecto.

El siguiente paso se produjo cuando el Ayuntamiento fue autorizado para desviar el encauzamiento del Urumea entre Santa Catalina y el arranque de la curva del río, es decir, 400 metros aguas arriba donde ambas orillas quedarían unidas por una pasarela que acercaría la estación a la plaza de Bilbao. En 1905, siendo alcalde José Elósegui, fue sustituida por el puente de María Cristina. En 1907, con el Marqués de Roca Verde presidiendo el Ayuntamiento, se construyó el muro del actual paseo de Francia y en 1909 el correspondiente al paseo del Urumea.

Al ganarse terreno al río se ensanchó el camino entre Santa Catalina y la estación, sacándose a subasta en 1910, su parte central destinada a la edificación. Era alcalde Jorge Satrústegui. Estas construcciones, las actuales villas, separaron los laterales del nuevo espacio, denominando avenida de Francia al más cercano a las vías del tren y paseo de Francia al que limitaba con el Urumea. Para completar la obra fue necesario «urbanizar» la alcantarilla del Chofre que desembocaba al comienzo del nuevo paseo, confluyendo con el trozo incompleto dejado por el viejo puente Santa Catalina que no circulaba en dirección a la calle Miracruz, sino a la de Iztueta.

En 1911 se convirtió la prolongada curva en la actual zona ajardinada al comienzo del Paseo de Francia, al tiempo que dicho paseo quedaba alineado con el nuevo de Ramón María Lilí dando lugar a la hoy plaza de Euskadi, bajo la que quedó el quinto arco del puente de Santa Catalina.

Fuente Diario Vasco

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